La música como salida del estancamiento

música para salir del estancamiento

El momento en que algo se suelta

Después de la conferencia nos fuimos a comer unos cuantos.
Y me senté a su derecha sin tenerlo previsto.
Al lado del ponente principal.

¿Casualidad? ¿Causalidad?

No hubo presentación extra pero sí intención de abrirme.
Pero se ve que algo se soltó sin excesivo control.

Dije cosas que no tenía preparadas.
Me escuché soltar preguntas que no eran nuevas, pero que sonaban distintas allí, delante de él:

—Antonio, ¿cómo coño se hace?
¿Dónde está la fórmula mágica?
¿Cómo se crece?
Pruebo de todo y no consigo sobresalir.
Ya dejé de ser un «perroflauta» como llevaba parte de mi vida siendo.

Me puse —por fin y con ganas— a hacer lo necesario.
Pero no acabo de alcanzar mis objetivos a medio plazo.

¿Dónde está el tesoro, «El Dorado»?

No sé si lo dije exactamente así.
Pero él —parece— lo recogió así.
Y al día siguiente lo escribió en su newsletter.

Yo me leí en sus palabras…
Y me removió.

Lo que uno cree que dice y lo que el otro escucha

¿Así se me ve desde fuera?

Me acordé de una frase de Dale Carnegie:

«El éxito no se mide por lo que dices, sino por lo que la audiencia entiende».

Leyendo su versión de mí, sentí que había proyectado más desesperación de la que tengo.

Que lo que yo creía compartir como un proceso, como una inquietud en movimiento, le llegó como un grito atascado.

Y pensé:
«Vale, eso es lo que ha entendido.
Y si lo ha entendido así, quizá es lo que transm
ití».

Pero no es toda la verdad.

Yo no estoy tan desesperado.
Estoy en marcha.
No voy rápido, pero no estoy parado.
Estoy en tránsito.
Y eso también es cambio.

Consejos vendo que para mi no tengo

Sé que estoy haciendo lo que debo hacer.
Pero que lleva su tiempo.

Y que si quiero conseguir los resultados a los que aspiro, tengo que completar el proceso adecuado: con todos sus pasos y etapas.

Lo curioso —y esto lo pensé después— es que esos mismos consejos, con formas parecidas, son los que yo ofrezco a algunos de mis alumnos.

Cambias el contexto —sus bloqueos con la guitarra por los míos vitales— y el paralelismo es nítido.

Ellos también buscan.
Ellos también prueban.
También sienten que saben el qué, pero no encuentran el cómo.

Y yo les acompaño.
Con inspiración, con creatividad, con método.
Y muchas veces funciona.

Pero cuando el que tropieza soy yo, no siempre sé cómo aplicarme mi propio enfoque.

La guitarra no es el destino. Es un espejo.

La guitarra ha sido eso para mí.
No una meta.
Un espejo.
Un instrumento (herramienta) para ver dónde estoy.
Y a veces para recomponerme.

Uno cree que está aprendiendo un acorde, y lo que está haciendo es mirarse a través de las emociones que genera.

Uno cree que está tocando una nota que suena extraña, y lo que está haciendo es enfrentarse a una duda.

Uno cree que está practicando… y lo que está haciendo es no rendirse.

A veces, cuando no sé cómo seguir, vuelvo a tocar.
No porque tenga algo nuevo que aprender.
Sino porque necesito que algo en mí se vuelva a mover.

Y eso es tocar un instrumento y considerar la música como salida del estancamiento.

No hay fórmula mágica. Solo búsqueda

Él me lo contestó algo así:

«El Potosí no existe. Lo que existe es la búsqueda del Potosí».

Y me gustó.

Porque justo eso es lo que estoy haciendo.
Buscando.
Probando (aunque tenga un precio).
Exponiéndome.
Pidiendo ayuda.
Volviendo a mirar.

Eso es salir del estancamiento:
no moverse rápido, ni encontrar respuestas.
Sino dejar de disimular que todo va bien.
Reconocerse que ya basta.
Que no quieres seguir igual.
Y que toca cambiar.

La guitarra me ayuda en eso.
No lo arregla todo: no es una panacea.
Pero me sostiene.
Me permite tocar sin obsesionarme con avanzar.
Proyectar soltando la obsesión por los resultados.

Pensar sin hablar. Y tocar sin hablar.
Afinar(me) aunque no haya tono de referencia.

Y eso, en momentos así, ya es mucho.

Por cierto…

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