
No se te habría ocurrido pensar en tocar la guitarra para gestionar la ansiedad, porque ni siquiera pensabas que eso fuera ansiedad.
Habrías dicho otra cosa.
Habrías dicho que te costaba arrancar, que te faltaba disciplina, que eras disperso o que, sencillamente, había algo en ti que no terminaba de funcionar como debía.
La historia empieza así.
No con un gran drama. No con una escena clara. Más bien como un ruido de fondo. Una presión difícil de explicar. Una incomodidad constante.
Estás inquieto, pero no sabes bien por qué. Te cuesta hacer cosas que, en teoría, deberías hacer sin tanto problema. Y lo más fácil es sacar una conclusión rápida: «eres un vago».
Eso exactamente padecí yo durante años. Y creo que no soy el único, ¿no?
A mucha gente le pasa algo parecido: confunde el bloqueo con la pereza, cuando muchas veces no son lo mismo. En ocasiones uno se queda quieto no porque no quiera hacer nada.
Se paraliza porque ya ha imaginado que no va a poder.
O porque siente una sensación extraña y desasosegante que no sabe definir ni localizar, que algunos llaman miedo pero otros —con criterio sesgado— cobardía.
O porque, por todo eso, uno está más cansado de sí mismo de lo que parece.
Entonces aparece el bucle…
Primero sientes la presión.
Luego te frenas.
Después te juzgas por haberte frenado.
Y al final, lo que era malestar acaba pareciéndote una prueba —cómo iba a ser de otra manera— de que el problema eres tú.
Eso desgasta mucho. Muchísimo.
En mi caso, durante bastante tiempo… mucho diría, fue así: esa cosa de dentro me inquietaba hasta dejarme clavado.
No siempre era visible. No tenía por qué pasar nada especial por fuera; o al revés, pasaba de todo.
Pero, por dentro, siempre estaba el ruido.
Hoy lo veo más claro: ahí ya había ansiedad. No con ese nombre, porque entonces no lo formulaba así, pero sí como una energía mal colocada.
Una fuerza que, cuando no encuentra salida, se vuelve contra uno. Porque te atraviesa las tripas.
Cuando crear te calma y todavía no sabes por qué
Lo curioso es que, al mismo tiempo que me pasaba eso, había otra corriente por debajo.
Me gustaba hacer cosas. Construir. Montar. Probar. Inventar. Podía entretenerme con cualquier tontería, incluso construyendo una Torre Eiffel con palillos de dientes.
Y así sucedía algo importante: mientras me enfrascaba en algo elegido desde el entusiasmo, me calmaba.
No pensaba: «Esto me regula, así lo gestiono». Ni nada parecido. ¡Qué iba a saber yo de todas estas cosas!
Sólo notaba que, cuando estaba creando, un pequeño mundo interior con su orden precioso, se iba expandiendo.
El ruido bajaba. La presión cambiaba de tono. Yo estaba mejor.
Eso, visto desde hoy, importa mucho. Porque a veces el problema no es que te falte energía. Es que no sabes qué hacer con ella.
La energía estancada se convierte en inquietud, bloqueo, miedo, dispersión o en ganas de desaparecer un rato, de huir. También de destruir, de rabiar y de gritar… pero eso no estaba permitido: traía consecuencias peores.
Sin embargo (ahora lo sé) cuando ese torrente encuentra un cauce: se limpia.
No porque desaparezcan los problemas por arte de magia, sino porque deja de pudrirse dentro y se filtra.
Se transforma.
Mucho después entendí algo que ahora me parece bastante simple: la ansiedad empeora cuando la reprimes, pero puede mutar y convertirse en acción creadora.
Cuando eliges huir
¡Pues claro que transformarla en creación no fue la única «salida»!
Sería muy bonito contar ahora una historia limpia, como si hubiera descubierto pronto el camino de la virtud —道德— y lo hubiera seguido con nobleza y disciplina.
Pero no fue así. También hubo evasión… y (auto)destrucción.
En mi caso la salida trasera no fue tanto el alcohol —que era lo que más a mano estaba—, ni la fiesta, ni otras sustancias de diseño: fue el hachís.
Lo digo sin dramatismo y sin pose. Y sé que entiendes muy bien esa lógica, aunque luego la sustancia, la conducta o la excusa que elijas sea otra.
A veces no buscas algo porque te encante ese algo. Buscas porque no quieres sentirte como te sientes… ya sabes: incapaz de encontrar sentido a lo que haces.
Porque estás cansado de estar viviendo dentro de tu cabeza.
Porque quieres apagar el ruido un rato, o mejor: ¡para siempre!
Porque dices que no sabes qué diantres hacer con tu vida, aunque en el fondo, en el más hondo de todos los fondos, sí que lo sabes.
Porque el problema es que esas «salidas» no ordenan nada.
Porque sólo lo meten todo bajo la alfombra.
Porque lo que se tapa, acaba asomando por el borde.
Por eso, todas las veces —sí, todas— el alivio dura nada y deja más confusión, más pasividad… más distancia con uno mismo.
No sales del problema.
Lo aplazas.
Y mientras lo postergas, vas creyendo que cada vez te entiendes menos.

No todo el mundo es artista, pero todo el mundo crea
He aquí una idea que a mí me parece clave, sobre todo si alguna vez te has dicho que esto de la guitarra, la música o la creatividad «no es para ti»:
No me creo eso de que unas personas son creativas y otras no.
Hablar ya es una forma de creatividad.
Cada vez que hablas, eliges palabras, improvisas, les das un orden, construyes una frase que antes no existía, es exactamente así: creas.
Y creas cuando piensas cómo resolver una situación cotidiana. O cuando buscas una forma mejor de hacer algo.
O cuando sueñas con una vida mejor.
Otra cosa es que tu creatividad esté poco desarrollada, mal dirigida o dormida. Pero estar, está.
Mucha gente se descarta a sí misma demasiado pronto. Cree que tocar, escribir, bailar, pintar o inventar son cosas de «creativos», como si eso fuera una especie de casta.
Y no.
Lo que te suele pasar es otra cosa: no has desarrollado todavía una vía que te permita usar esa parte tuya de un modo que te sirva.
¿Y qué es lo que te sirve? Lo que nace del entusiasmo.
Y ahí la guitarra puede hacer muchísimo.
No porque convierta a nadie en artista de repente, sino porque da una tarea concreta a una energía que, de otro modo, muchas veces se desperdicia.
El momento en que entiendes que no puedes solo
En mi caso, la guitarra fue el vehículo con el que esa energía empezó de verdad a tener dirección.
Yo nunca he sido un gran autodidacta. Escuchaba cosas en los discos que me fascinaban y no terminaba de entender cómo sacarlas de oído.
Por eso me apunté a una academia. Bueno, por eso y por otra razón bastante más terrenal: no tenía dinero para comprarme una guitarra y mucho menos un amplificador, así que allí, una vez a la semana, podía estar haciendo «ruidete».
Lo importante es que aquello no solo me enseñó música: me dio estructura, disciplina y dirección.
Y, sobre todo, me enseñó algo que me costó aceptar: solo no podía bien.
Necesitaba una estructura, una dirección y alguien que hubiera recorrido parte del camino. Hoy en día ese alguien soy yo, pero entonces necesité encontrarlo.
Esa frase —no podía solo—, para mí, fue central.
Porque hay momentos en los que no te falta voluntad.
Te falta conocimiento.
Te falta forma.
Te falta alguien que te ayude a poner nombre a lo que te pasa y a convertirlo en acción consciente.
Supongo que hay algo de verdad en eso de que, cuando uno está preparado el maestro aparece… o, por lo menos, empieza a reconocerlo.
La guitarra deja de ser sólo una afición
A partir de ahí, la guitarra dejó de ser sólo un divertimento o una posible profesión.
Se convirtió en una herramienta. No en el sentido frío de la palabra, sino en el más útil. La guitarra empezó a ser un lugar donde poner atención, frustración, deseo, curiosidad, obsesión incluso.
Un cauce.
Un diario de práctica.
Un sitio donde la energía dejaba de estar desenfocada.
Y eso cambia completamente la relación con el instrumento. Tocar la guitarra se convierte en una manera de gestionar la ansiedad. Ya no estás solo intentando tocar mejor. También te estás «colocando»… pero por dentro.
Con los años, además, cambió mi propia idea de lo que significaba dedicarme a esto de tocar la guitarra.
Hubo un tiempo en que terminar como profesor me habría parecido poco menos que un fracaso. Sin embargo, todo ese recorrido acabó llevándome a otro sitio: ahora me veo mucho más como un «artesano profesor» y, curiosamente, lo vivo con más orgullo y con más paz.
Aporto, ayudo y acompaño a otra gente. Esto también tiene que ver con gestionar la ansiedad: poner tus habilidades al servicio de alguien más que tú mismo.
Porque durante mucho tiempo uno persigue imágenes, fantasías o versiones de sí mismo que no encajan del todo con quien es. Eso genera mucha fricción. Muchísima más de la que parece.
Sin embargo, cuando empiezas a acercarte a algo más auténtico, más parecido a lo que eres de verdad. Y lo aceptas.
Y asumes el trabajo, la dedicación y la pasión que tienes que poner en lo que haces, tu ansiedad deja de sumirte en la pereza, la inacción o la depresión.
Se convierte en combustible.
Esa es la razón por la que tocar la guitarra para gestionar la ansiedad tiene tanto sentido.
No se trata solo de aprender una habilidad. Se trata de darle algo que hacer a una energía que, si no se entretiene, se queda girando dentro de ti sin producir nada bueno.
La ansiedad no se va, pero puede dejar de dominarte
La ansiedad no se me fue como se va una gripe. No la extirpé de manera limpia. Ahí sigue la bicha.
Lo que cambió fue la relación con ella.
Antes me peleaba con lo que me pasaba.
O lo escondía.
O intentaba anularlo.
O, como te he contado antes… me añadía una segunda capa de sufrimiento por huir evadiéndome.
Con los años fui entendiendo algo mucho más útil:
¿Es molesta? Sí.
¿Incómoda:? Sí.
¿A veces jodidamente desagradable? Desde luego.
Y —desgraciada o afortunadamente— seguirá ahí, al fin y al cabo.
Sin embargo, si le proporcionas un enfoque claro, deja de actuar sólo como un veneno.
Leer.
Escribir.
Caminar.
Concentrarte en una tarea concreta.
Meditar.
Volver al presente.
Tocar…
Ahí la guitarra sigue siendo una ayuda enorme.
Porque tocar un instrumento exige cuerpo, oído, atención, repetición, presencia. Te obliga a salir del bucle y a poner esa energía al servicio de algo positivo e inspirador.
Y, ya tú sabes… cuando uno ha pasado mucho tiempo peleándose consigo mismo, encontrar un camino y una salida real y asequible no es poca cosa.
Lo que te frena también puede empujarte
Si hoy alguien me pregunta qué relación hay entre ansiedad y guitarra, yo la veo bastante clara.
La ansiedad puede bloquearte. Puede quitarte las ganas de todo. Puede llevarte a la evasión. Incluso —mantenida en el tiempo— llevarte a la depresión.
Pero también puede convertirse en una gran aliada.
Y no es épica barata: la promesa de que vas a estar mejor sólo por tocar más la guitarra, porque te cures por arte de magia tocando unas pentatónicas o los acordes de cuatro canciones.
Nada de eso.
La ansiedad es combustible en un sentido mucho más sobrio: una energía que, bien orientada, te invita a moverte, a concentrarte, a crear, a aprender, a salir de ti sin escaparte de ti.
«La ansiedad es como si el mundo llamara a tu puerta y sintieras la urgencia de crear, de hacer algo, de darle forma a eso que llevas dentro». — Rollo May
Pero necesita un proceso y un sistema: hacer por hacer, sin orden ni concierto no te ayudará como esperas.
Eso es otro tipo de evasión.
Parecido a consumir contenidos en Internet o acumular horas de visionado en redes por el chute dopamínico.
Porque no es exactamente el placer lo que te pone en marcha. Lo que te mueve primero es la inquietud, la tensión o la necesidad de salir de donde estás.
El placer viene después: es lo que hace que quieras volver. Por eso importa tanto qué tipo de experiencia estás repitiendo.
Y hacer que el sistema funcione implica responsabilidad.
Quizá suene duro, pero es lo que pienso… quizá tú en el fondo, en el más hondo de todos los fondos, piensas igual.
Pero hay más:
si no sientes el chispazo del entusiasmo, ese combustible no va a prender.
Ya sabes: las cosas que haces por inercia, por moda, obligación o porque te hacen «quedar bien»… no duran.
Para más inri: te generan desasosiego.
Piénsalo.
Por cierto…
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