
Esta es la historia de un tipo que confundió el éxito con una meta y la pasión con un mapa. Años después, empezó a entender el viaje. En el camino descubrió que debía dejar de perseguir metas: porque sin un sistema, hasta los pasos más valientes acaban desorientados.
No basta con caminar: es necesario saber cómo volver, cómo retomar… y cómo quedarse.
El inicio del viaje: todo por pasión
Cuando confundes el deseo de llegar con un plan real para caminar.
Tenía 21 años y una meta clara: si a los 24 no tocaba como Jason Becker, lo dejaba todo.
Así, sin matices.
Tres años para alcanzarlo. O rendirse.
Por entonces creía que la pasión bastaba. Esa energía inicial que todo lo arrastra. El hambre por sonar como tus ídolos.
Me apunté a una academia porque no sabía sacar las cosas de oído. Tampoco tenía guitarra, ni ampli.
Necesitaba tocar. Avanzar. Sentir que ya estaba en marcha.
Y al principio, lo parecía. Tenía ilusión. Tenía una meta. Tenía urgencia.
No sabía que estaba confundiendo dirección con impulso.
Y que el impulso, por fuerte que sea, sin estructura, se agota.
El espejismo de la meta
Cuando el objetivo eclipsa el proceso y lo convierte en una pesada mochila.
Formé bandas. Ensayé. Grabé. Estudié más.
Siempre con la idea de llegar a algo. De ser alguien —en la música y en la vida. De que cada paso me acercara a ese «éxito».
Pero algo empezó a torcerse.
Presión. Conflictos. Las discográficas empujando. Las discusiones internas.
Lo que antes era pasión empezó a ser presión.
La creatividad se fue al fondo.
Todo giraba en torno a sacar un disco, a entrar en las listas, a no perder el tren.
Y si por fin lograbas algo, duraba poco: aparecía el siguiente objetivo.
Estaba atrapado en un ciclo que no se detenía.
Un intento tras otro de avanzar. Y cada intento me alejaba un poco más.
Estudiaba cada vez más, pero ya no sólo por curiosidad o disfrute.
Estudiaba por necesidad. Por no quedarme atrás.
Y eso no era avanzar.
Era subsistir.
La caída: cuando la motivación ya no basta
El momento en que todo lo que hacías deja de tener sentido, y no sabes si volver o seguir gastando suelas.
Y entonces sucedió: dejaron de llamarme para tocar.
Ya no había conciertos. No había encargos. Nadie al otro lado.
Y fue, ahora lo sé, lo que necesitaba: yo tampoco me habría llamado.
Porque ya no sabía para qué tocaba.
Ni para quién.
Ni qué estaba buscando.
Durante años había pensado que acabar dando clases sería un «fracaso».
Que era lo que hacían los que no habían llegado.
Y ahí estaba yo.
Sin banda. Sin escenario.
Sin tener ni idea de qué carallo tenía que hacer a partir de ahí.
Lo que antes me impulsaba ya no servía.
Y lo que seguía haciendo —estudiar, practicar, mover contactos—
ya no me decía nada.
Fue un golpe seco.
No de los que duelen por dentro.
De los que hacen eco.
El descubrimiento: no es la meta, es el sistema
La diferencia entre volver a empezar… y empezar distinto.
Después del derrumbe, seguí igual.
Tocaba. Estudiaba. Movía contactos.
Con la misma lógica de antes, pero con menos ilusión.
Algo se había roto.
Seguía esperando que apareciera una banda que me salvara.
O una llamada que me colocara en algún lugar bueno para mí.
Aunque, en el fondo, una voz me decía: «por ahí no».
Necesitaba buscar otra manera de vivir de la guitarra.
Una forma que no dependiera de llegar a ningún sitio.
Así, casi sin darme cuenta, fui diseñando una estructura.
Una forma de enseñar. Un proyecto propio.
No lo sabía entonces, pero ya no buscaba metas.
Estaba, por fin, construyendo un sistema.
Afilar el hacha: la estrategia de parar
Cuando descubres que caminar sin rumbo desgasta más que no moverte.
Nunca fui especialmente constante.
El estudio me costaba incluso cuando me motivaba.
Era más bien caótico, intermitente… pero siempre con la presión de tener que hacer algo.
Tocar, practicar, buscar, probar.
No tanto por claridad como por impulso.
Y seguía, sí.
Porque, aunque la razón no era buena, era real:
buscaba validación.
La que no recibí de niño, ni en casa ni en el colegio.
Solo en contadas ocasiones, de la mano de algún profe lúcido.
Pero cuando empecé a impartir clase de verdad —no una ni dos, sino como proyecto estable y con más estructura—, algo cambió…
No fue una pausa. Fue una preparación.
Me llevó de la mano a ordenar lo que sabía, a explicarlo, a escucharlo.
A afilar.
Y en ese parar para enseñar, algo se activó.
Aprendía yo más: de música y de mí mismo.
No fue una vuelta al camino conocido…
fue la primera vez que lo empecé a trazar yo.
La consistencia: hacer sin exigirse resultados
Porque no se trata de no fallar, sino de saber retomar con sentido.
No fue de un día para otro.
El sistema no apareció como una revelación.
Fue naciendo mientras lo usaba.
Un alumno. Luego otro. Una semana buena. Otra que no.
Días con energía. Días de hastío y de no poder más.
Pero el sistema estaba ahí.
Y lo importante no era hacerlo perfecto.
Era poder retomarlo sin escuchar esa voz: «no vales, déjalo».
Eso lo cambió todo.
Ya no sentía que fallar un día rompía el proceso.
Tenía una razón para levantarme.
Y eso, un lunes, ya es mucho.
Una motivación genuina que podía usar de impulso y sostén.
Y cada vez que lo hacía, a pesar de las dudas, algo se fortalecía.
No solo en mi manera de tocar o de enseñar.
También en mi manera de estar y de ser.
Sosteniéndome; manteniendo motivada a la gente que confiaba en mí.
Creando, así, una forma de vida que me funcionara y le sirviera a alguien más.
Que no dependiera del resultado.
El retorno con el fuego: el sistema como libertad
Porque a veces lo que buscabas no era un lugar, sino una manera de caminar.
Volver no era volver al punto de partida.
Ni siquiera a la música.
Era volver a mí, pero desde otro lugar.
No he encontrado una meta.
Objetivos que lograr.
He encontrado algo que —con sus ajustes, con sus dudas—
empieza a parecerse a una estructura que me sostiene.
Un sistema que no busca resultados inmediatos,
sino pasos sostenibles.
Que no exige perfección, pero sí presencia.
Que no depende de validación, pero sí de propósito.
Y cuando algo me descentra —porque sucede—
sé cómo enfocarlo.
No siempre a la primera.
Pero puedo volver…
Como cuando medito.
Ya no me mueve solo la pasión sin más.
Camina acompañada de estructura.
De sentido.
Tampoco la urgencia.
Ni la promesa de éxito.
Me mece y me lleva algo más tranquilo.
Más hondo, más sutil.
Y más libre.
No era una meta.
Era una estructura que, con práctica, con tiempo, con atención,
empezaba a parecerse a mi modesta Piedra Filosofal:
capaz de transformarme y de volver a apasionarme.
Como en la alquimia:
no basta el deseo de oro.
Hace falta un fuego que no se apague.
«Las personas que persiguen metas tienen que luchar a cada paso con el desánimo que las invade. Las que usan sistemas se sienten bien cada vez que los aplican.»
— Scott Adams
Por cierto…
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