
Esta semana tuve que anular clases. Mareos, cervicales al límite. Nada grave, pero mi cuerpo y mi mente estaban pidiendo descanso. Y me di cuenta de algo incómodo:
creía tener un plan bien estructurado, pero sospechaba, en el fondo, que no lo tenía.
O no del todo… Al menos no uno que me protegiera del desgaste.
Y eso que llevo años enseñando a organizarse mejor a través del estudio musical.
Parece que uno también se olvida de lo que sabe.
Cuando no tienes un mapa, pero aun así avanzas
Durante mucho tiempo, mi forma de avanzar no fue un plan.
Era más bien una especie de vaivén entre la duda, el bucle mental y un impulso emocional que, de pronto, me hacía moverme.
No había estrategia. Pero sí algo más fuerte: el deseo.
Ese deseo profundo —de libertad, de crear, de tener una vida mía— acababa sacándome del callejón.
Y eso, aunque no lo supiera, ya era una forma de organizarse gracias a la guitarra.
Pensar en la guitarra fue mi primer mapa (aunque no lo pareciera)
La guitarra fue la única razón por la que alguna vez quise organizarme.
Al principio era una vía de escape. Luego se volvió algo más serio.
Me daba autoestima, dirección, sentido… ¡y ganas de estudiar de verdad!
Fue mi brújula cuando mucho de lo que me rodeaba eran desvíos.
No tenía sistemas. Pero pasaba horas tocando.
Compraba revistas como Guitar Player, aprendía de guitarristas que admiraba, anotaba frases mentalmente, imitaba gestos, analizaba.
Tenía mentores, aunque no supieran que lo eran.
Y aunque no tuviera un plan, algo se iba dibujando…
Me organizaba gracias a la guitarra sin saber que lo estaba haciendo.
A veces no tener estrategia me costó caro
Recuerdo cuando me ofrecieron entrar en una banda importante para mí.
Un amigo guitarrista me cedía su puesto. El grupo lo lideraba un pianista al que yo admiraba.
Fui al casting y, aunque creo que vieron potencial en mí, decidí no aceptar.
No era humildad, era miedo. Y también honestidad: sabía que no estaba preparado.
Mentí, puse una excusa. Pero aquel «no» fue un punto de inflexión: me puse a estudiar en serio.
Otro momento: mi paso como guitarrista por el programa Lo+Plus.
Un escaparate en prime time. Un lugar desde el que muchos se habrían proyectado.
Yo no. No supe aprovecharlo. No como hubiera sido estratégico. No tenía visión. No tenía foco.
Me dejaba llevar por la ambición, por el cansancio y la impaciencia, porque ese momento de «gloria que necesitaba» no llegaba. Y en medio: noches sin dormir, relaciones torcidas, coqueteos con cierta sustancias.
Y la guitarra, mientras tanto pidiéndome organización.
Pero, aunque mi intuición me impulsaba a seguir mejorando como guitarrista y hubo muchos momentos de disfrute genuino y de aprendizaje real, yo aún no lo entendía.
Mirar hacia atrás: unir los puntos
Steve Jobs decía que los puntos solo se unen mirando hacia atrás.
Y es verdad. Si miro mi historia desde hoy, veo que sí había una dirección.
No un plan perfecto. Pero sí un deseo profundo que me guiaba: ser libre, ser yo, tener impacto, ser respetado.
Como decía Bilbo:
«Es peligroso, Frodo, cruzar tu puerta. Pones tu pie en el camino, y si no cuidas tus pasos, nunca sabes a dónde te pueden llevar.»
A mí, ese camino me ha traído hasta aquí.
Con mis cicatrices, mis cambios de rumbo, y también con una misión clara: ayudar a otros desde lo que sé, desde lo que viví y desde lo que ahora —con esa línea de puntos ya conectada— sigo experimentando.
Y por fin, sí: un mapa real (mínimo, pero real)
Mi mapa empieza escuchándome.
El cuerpo. Las sensaciones.
Y a veces, dependiendo del día, la rutina cambia un poco.
Pero, en esencia, es esta:
Me levanto y me estiro.
No siempre igual, pero algo se mueve.
Algo se desbloquea, se aligera, se flexibiliza.
Medito media hora.
Saco a los perros. Me da el aire. Me da el sol.
Leo un rato.
Luego, antes de romper el ayuno, hago un par de movimientos físicos: algo explosivo, como unos fondos, nada más.
Desayuno.
Y, por fin, me pongo con lo que toca: escribir, editar, planificar, componer, ordenar ideas.
Después —por las tardes y algunas mañanas— llegan las clases. El grueso de mi trabajo. Mi verdadera forma de ganarme la vida.
Pero nada de eso sería posible sin lo anterior. Porque toda esa preparación —física, mental, creativa—es lo que me permite estar bien y hacer bien lo que hago.
No hay un calendario colgado ni una aplicación que lo controle todo.
Pero hay orden.
Desde ahí, las clases tienen sentido. No necesito demostrarlo. Ni que lo entiendan todos:
Funciona. Me ilusiona. Y se nota.
Porque ese deseo que un día fue guitarra, hoy es horizonte.
Y sé que va bien si mi métrica emocional lo confirma:
«Si me agoto, me obsesiono o me culpo: mal.
Si me siento en paz, aunque esté cansado: bien.»
Para ti, que también tocas (o quieres tocar)
Si has llegado hasta aquí, te digo algo:
Querer aprender aprender música y tocar la guitarra también puede ser tu mapa.
Pero no un mapa cualquiera, sino uno que incluya el deseo de algo más profundo: un compromiso real contigo mismo para estudiar y practicar.
Porque esa práctica constante, organizada y consciente es la vía segura para tu evolución personal y musical.
No hace falta que te montes un plan maestro.
Pero sí que te preguntes qué quieres, para qué, con qué recursos, y qué paso pequeño puedes dar hoy.
Tocar te invita a ordenar el cuerpo, la mente, el tiempo.
Tocar bien es organizarte bien.
Y hacerlo con conciencia puede cambiar mucho más que tu forma de improvisar.
Empieza ahí.
Y poco a poco, el mapa aparece.
Por cierto…
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