La paciencia para tocar te da equilibrio para vivir

La paciencia para tocar te da equilibrio para vivir

De crío, quizá como algunos, soñaba con desmontar el mundo y volver a montarlo pieza a pieza.

Tenía cajas del Mecano y del Tente —quien sea de mi quinta sabrá de qué hablo— y pasaba horas encajando tornillos y placas, conectando piezas… las del juego y las de mi vida.

Lo curioso es que para levantar una grúa o un edificio con esos juegos hacía falta justo lo que a mí me faltaba entre semana: paciencia.

Pasaba toda la semana en clase, sufriendo el deseo de que llegara el sábado para abrir la caja y seguir la construcción que había dejado a medias.

La frustración era tal que a veces desmontaba todo lo demás: no atendía en clase y no estudiaba en casa, incapaz de soportar la espera.

Hoy, más que «paciente», diría que estoy un poco más entrenado. Cambié tornillos por cuerdas y luego acordes por días que no siempre salen bien.

La guitarra no me regala paciencia: me pone cada día a practicarla, a soportar mis propias prisas, a recordarme —cuando toca— que esto no va de llegar, sino de permanecer.

Y sigo en la brecha.

No hay guitarra sin paciencia

Podría decirse que aprender a tocar es, sobre todo, aprender a esperar…

Esperar a que los dedos te obedezcan para llegar donde tu quieres, a que el oído se acostumbre escuchar solo lo necesario, a que la cabeza deje de quererlo todo rápido.

La guitarra no obedece al ansioso.
Cuanto más te apresuras con ella, más te desmoronas.

Por eso, muchos empiezan con ganas y lo dejan con la misma prisa:
porque no soportan lo que se tarda en hacer sonar bien un acorde sencillo.

Si no tienes paciencia, la guitarra te la puede fabricar, si tienes el motor de la ilusión y perseveras mínimamente en tocarla.

Y no es que la regale: se la arranca a tu pereza a base de callos, repeticiones, silencios y días en los que parece que nada avanza.

Y, sin darte cuenta, ese nervio que sostienes contra las cuerdas termina transportándote a ti a otro estado, en el que la vida de afuera también exige su propio compás.

Persistir, perseverar, permanecer: lo que la guitarra te ofrece si esperas lo suficiente

A veces creemos que con paciencia basta…

Pero tu guitarra, testaruda como es, te demuestra pronto que esperar no es suficiente: hay que insistir, resistir y quedarse.

Persistir: es volver a poner los dedos donde ayer se escurrían. Es repetir el acorde que sigue sonando sucio. Es volver a intentarlo cuando la mano se queja.

Perseverar: es algo más feroz; es mantenerte ahí cuando ni el cansancio ni la falta de resultados te dan tregua. Es sostener la rutina incluso cuando te preguntas si sirve de algo.

Permanecer: es la parte que más respeto me impone; quedarte vinculado a este instrumento aunque tu vida cambie, aunque la moda pase, aunque ya nadie espere nada de ti.

Seguir ahí. No porque sea fácil, sino porque sientes que desoír del todo esa llamada dolería más.

La guitarra no pronuncia las palabras que esperas.
Pero cada nota bien tocada, de sonido claro, se te graba en la piel,

Y ahí seguirán, resonando, si algún día las necesitas más allá de la música.

La paciencia como causa y resultado

Muchos se sorprenden al ver que la paciencia no te pertenece como un don innato. La invocan arrodillados, pero la paciencia no llega: se hace, nace.

Al principio necesitas un mínimo de paciencia para empezar a tocar: aguantar que los dedos duelan, que el metrónomo te corrija, que la cejilla se ría de ti.

Pero cuanto más persistes, cuanto más perseveras, más se fortalece esa calma que te hace permanecer conectado.

Esa conexión que se construye cada vez que pulsas la cuerda sin garantías pero con pasión.
Cada vez que le das sustain y vibrato a esa nota especial que resuelves con decisión para que no desafine con el acorde…

Así que la paciencia es causa —sin ella no te atreves a empezar— y es resultado —sin insistir, no crece.

Es un hilo que primero tienes que hilvanar tú: para fijar las piezas que poco a poco te permiten coser el traje completo.

Y un día, cuando menos lo buscas, descubres que no solo tocas mejor: también sabes esperar lo mejor.

No hay música en el descanso, pero sí hay creación musical en él. Y la gente siempre pasa por alto esa parte de la melodía de la vida, siempre hablando de perseverancia, coraje y fortaleza; pero la paciencia es la parte más noble y valiosa de la fortaleza, y también la más excepcional.

John Ruskin

Lo que afinas adentro equilibra lo de afuera

Uno no estudia guitarra para volverse sabio.
Ni para volverse un gurú de la paciencia.

Pero cada minuto que pasas ajustando cejillas, respirando antes de atacar un acorde, tragándote la frustración de volver a fallar… todo eso, y todo lo demás que te traen las genuinas «P»:

persistencia
perseverancia
permanencia
paciencia…

lo reservas adentro.

Luego, asoma cuando menos te lo esperas.

Aparece cuando tienes que soportar que un proyecto se demore más de lo que prometiste.
Cuando la vida familiar se enreda y toca volver a escuchar —de verdad— sin saltar a interrumpir.
O cuando toca estar en silencio, sin desmoronarte, hasta que el duelo se supere.

La calma que ensayas rozando las cuerdas se convierte en una forma de preservar tu propia voz a salvo.

Lo que aprendes a gestionar adentro —la tensión de la cuerda en un bending , la cejilla que rechina y desafina las cuerdas— te proporciona una base firme que afuera te ayuda a no explotar ante cualquier contratiempo.

Quizá por eso ahora puedo aguantar la mirada de un alumno que se bloquea. Que repite el mismo error veinte veces y aún necesita que le corrijas con la misma paciencia de la primera vez.

No porque yo sea más paciente que nadie.
No solo porque lo entreno cada día.

Sino porque he descubierto —¡oh, sorpresa!— que sin paciencia no soy libre.

Si no manejo mis emociones con persistencia, perseverancia y permanencia, es decir, con paciencia: las emociones me dominan a mí.

El hilo que no se rompe

De crío —ya sabes— desmontaba y montaba estructuras de juguete sin saber bien esperar.

Hoy no soy muy distinto, pero algo sí ha cambiado en mí:
sigo desmontando y montando… pero acordes, escalas, canciones y también encuentros y desencuentros.

La paciencia que antes me faltaba para superar la semana de clases y enfrascarme en mis juegos, ahora me impulsa —a pesar de los tirones— cuando el juego es construirme yo:

mis dudas y mis certezas, mis ganas de huir cuando algo no llega en el momento previsto o deseado y la lucidez de quedarme a pesar de todo.

Hay días en que la guitarra me sigue venciendo.
Hay alumnos que a veces me quiebran la calma.
Hay momentos en que querría largar todo y no volver a explicar un acorde en la vida.

Pero ahí está el hilo: la misma paciencia que entreno en cada armonía imposible es la que me cose a la silla, al mástil y a la conversación difícil que, fuera del espacio controlado de las clases, me toca mantener sin gritar.

Ese hilo no es de acero ni de nylon.
Es del material del que está hecha la paciencia:
el que insiste y resiste gana.

¿Y si se rompe?

Vuelvo a coger la punta de otra hebra y la vuelvo a anudar.

Igual que entonces, igual que ahora… me queda aún mucho carrete.

¿Y a ti?

Por cierto…

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